Sólo llámame Rivkah
Sinuoso.

Esperaba que se hiciera tácito que aquella recopilación de letras no constituía estrictamente un registro de lo vivido, sino una colección de símiles, metáforas, alegorías, confesiones sesgadas y lamentos, bajo el lengüetazo unificador del surrealismo. Todo suponía ser un vaivén de sinceridad y manipulación, de autocomplacencia y autoflagelación, un entrever de una infinita sed de afecto tintada de misantropía, lúgubre melancolía con cosquilleos de humor, un dulcexácido cóctel de sarcasmo, egocentrismo, autodegradación, y aventuras oníricas, un jugueteo de límites que se dibujan y desdibujan al azar, de acuerdo a la tendencia diaria.

La observación prolongada llevaría inevitablemente a alguna sonrisa furtiva con la mirada aparentemente perdida, lo que despertaría la curiosidad del espectador para iniciar una búsqueda infructuosa de una fuente de humor visual, en el horizonte en el que se han perdido sus narcóticos ojos negros, sumidos en la más plena distracción. Es aquí cuando vale citar a Mafalda confesándole a Miguelito mientras éste se pone un corcho en los labios “No te gastés, no funciona”; La fuente del humor está siendo imaginada, e incluye al menos uno de los siguientes elementos: situaciones ridículas, conversaciones rememoradas, hocicos con bigotes.

Quiere hoy enfrentarse a tus palabras, conjurarte con todas tus letras, reivindicar aquel salto al orden que dió blandiéndose en el intento por salvarse. La rotación de aquella carreola se extingue, el hilo se acorta, y es necesario olvidar el rastro: declararse con orgullo siniestra y trágica, indivisible y obscena. Recordar aquellas noches en que se acercó sollozando a su terapeuta de felpa para contarle de lo que le dolía aquel bullicio agresivo en la habitación de los padres, y cómo por aquella humillación prepúber se le fué haciendo necesario mudarse de planeta y llenarse de ocupaciones dedicadas a olvidarse de ella poco a poco.

Le admiraba en silencio por aquella capacidad de amar, por aquel desconocimiento del orgullo y esa luz cálida con la que miraba los puntos más fríos de la humanidad. Ella en cambio encontraba difícil aliviar sus heridas con aquellas interacciones ásperas, y sentía que a veces los días le golpeaban la garganta con tragos amargos, seguidos, uno tras otro. Buscando trazas en historias, eslabones perdidos, cualquier indicio que le dieran el alivio de ir entendiendo si fué por sus genes que se convirtió en una mujer que llora.

Escribía un par de cosas, y recuperaba a ratos cortos la nitidez. Pensaba en la mujer de las fotos con sus posturas de cuadro, y que son las mismas las manos hinchadas que le sostienen el duelo. Redimiéndose, recordando a ratos las risas y las lapiceras de Mickey, y sintiendo en su mente abrirse un portal, que reaparece cosas que hoy no son más que polvo, mirándose ahora en el reflejo de sus pupilas huecas.

Nada es perfecto.

Esa sensación en el estómago de nuevo. La premura de doblegar su austeridad en palabras, recordando el eco de sus pasos interrumpiendo el silencio que embargaba el pasillo sinuoso. Volcar su contenido y analizar en la descomposición las trazas de motivos. Adentrarse de nuevo en una morgue de versiones de sí misma, todas víctimas de homicidios súbitos que terminaron con su existencia por razones tan etéreas e improvisadas como las que propiciaron su generación espontánea. Una imágen famélica iluminada lúgrubremente deslizando los dedos huesudos bajo los pies del cadáver marcado #2574. “Es mi merienda, se conserva mejor junto al cadáver, ¿gusta un poco?” ondeando el fiambre dentro del baguette ante la inapetente indignación del público presente.

Sentía que personificaba una rapada versión de la heroína rubia de Lewis Carrol encontrándose con creaturas extrañas y coloridas, preguntándose -como el conejo- si sería demasiado tarde. La interacción era surreal, el saludo era continuado por confesiones de fragilidad. “El ratón no huye del almizcle del gato, sino que es atraído hacia él bajo la influencia del toxoplasma gondii, que inhibe el instinto de huida con la finalidad de alcanzar la siguiente etapa de su ciclo vital”. Metafóricamente preciso. Operación kamikaze, gritaré banzai para consumirme en las flamas. Orden número tres, hamburguesa sin vegetales, bien cocida. *ding*

Delirios, soy tan solo un Felipe hablando del harakiri. “De rodillas, el tânto se hunde en el vientre de izquierda-a-derecha, de vuelta al centro y hasta arriba.” Sin lloriquear, que se pierde el honor. Me gustaría disponer de un kaishâku que me corte la cabeza para evitarme el bochorno y el sufrimiento. Ya escuché, que depresiva no es un defecto sino un rasgo. Pero es que es el equivalente psicológico de la bemba, un rasgo desagradable y feo. Debería tener un sofá, ¿sabe? Mis facetas más tiernas se las dedico a él y a los gatos, pero eso ya no es mucho secreto. ¿Ya le conté de la madrugada? Caminaba descalza esquivando las piedras entre la loza y la escuché, consternada “no es normal”. ¿Qué habría dicho usted?

Duermo mejor, he vuelto a soñar. Hoy leí sobre una porquería llamada katzenklavier. El tipo la hizo para curar el autismo y los déficits de atención. Si me amenazara con someterme a ver la tortura felina de ese instrumento, creo que aceptaría hasta intentar convertirme en gaviota, sin importarme que el Rey bajo su manto de armiño dijo que era imposible. A la final el monarca dijo que si no podía cumplir no era mi culpa, sino la suya por ordenarme locuras.

Es mi libro favorito, lo he leído muchas veces…

Y saliendo del bullicio mental, confesó: Por favor, ¡domestícame!

Obsesivocompulsivo.

Desconocemos la importancia. Llevaba días rumiando la idea, regurgitándola a cada tanto, volviendo a experimentar ese sabor a novedad. Inhalando profundamente el tóxico aire matutino, contorsionándose entre las sábanas fragantes a su piel. Pensamientos procastinadores, pecado capital: pereza. Pues yo si, pereza, lujuria y gula imaginaria, sin culpa. Una ráfaga de ética por el espinazo, abandonando la posición fetal, moviéndose ahora con el combustible de la responsabilidad moral (que la voluntad está en recesión desde hace rato). El acto mecánico de cubrirse el pudor con capas de algodón y nylon, y el almizcle de líquidos y aerosoles destinados a cubrir los aromas que despide la vida dejando el cuerpo a cada latido del corazón. Siguiendo los pasos de la rutina, buenos días llave puerta escalones el ceño fruncido por el sol doblar en la esquina trepar sobre la indomable bestia y convertirse en oxígeno dentro de un glóbulo rojo viajando por las arterias de la ciudad de violencia. Olga Tañón es un obstáculo para la evolución psicológica de la humanidad. Demasiado temprano para escuchar a gritos generalizaciones genéricas, evitar el roce con los pasajeros, el nauseabundo aroma frutal de las mujeres estúpidas, y el mustio olor del anciano junto a mí. Recurrente, “desconocemos la importancia”. Esa sensación de epifanía y retrospección. Nadie podría predecir el eco de su voz en el subconsciente, la huella de su acción en la memoria, ser el héroe o el némesis anónimo de mis tormentos.

Desconoce que me obsequió un sueño en un trozo de papel, que me salvó la vida cantando con melancolía cuánto quería quitarse la suya, que aquel comentario mientras era mi copiloto fué de peso cuando decidí consumirme, que sus letras distantes me conmueven al pensarlas, que esa frase me ayudó a sobrellevar el octavo, que siempre lamenté haberme reido, que me habría gustado ayudarle más.

En el anonimato de la intermitencia de la memoria permanecen algunas palabras, risas, miradas, desgarros, confusión. Unodostres abajo, derechaderecha abajo, me gustaría que la vida fuese como el tetris y que uno pudiera volcarse los días para tapar los vacíos, error, nonono, game over. Musito improperios ante la mirada inquisidora de una doña, recuerdo el compromiso de no maltratarme verbalmente, y continúo con mi concierto de tecleos constantes de pulgar. Unodos abajo, izquierdaizquierda abajo, cien puntos, nivel nueve. El pensamiento más externo apilando pixeles, el más interno preguntándome por el eco de mis acciones en la vida de otros, tal vez.

Estasis por un momento, suspiro. Espero no haber jodido a nadie. Tecleo, derechaderecha abajo, unodos izquierda abajo.

Nostalgia.

Contra todo pronóstico, existe algo que permanece nuevo 12 años después. Una infancia después de la infancia, a pesar del contínuo crecimiento del cuerpo y el olvido del corazón. El mundo que conoces, la certeza; cierras los párpados, y al abrirlos te sorprende que tu mundo quedó atrás. La vida se te hizo ciudad, se te hizo distancia, se te hizo edad, y no eres más que un nudo de cosas vivas y muertas. Recorriéndote la piel, contando cicatrices y arrugas de la juventud que se te desvanece, y que no son más que símbolos del ayer perdido, que no se van y que no pueden irse aunque hayas aprendido de memoria las sonrisas cordiales y que el secreto para la supervivencia no es la fuerza, sino la indiferencia y contener el llanto en un temblor. La racionalidad son explicaciones largas, y la vida comienza a ser únicamente el esqueleto que te contiene. Con nostalgia, recuerdas el sol tostándote los brazos, las carreras con los primos en los que ahora son caballos viejos, las tardes de lucha libre en televisión, y los héroes y amigos que te inventaste para acompañarte por los sinuosos caminos de la infantil humillación. Siempre quisite ser grande, porque pensabas que serías libre, y no es hasta entonces de tener los años andados cuando entiendes que el único juego al que no puedes inventarle las reglas es al de crecer. Los chistes que sólo entiendes de niño, y el deseo de salvar el mundo porque aún estás muy jóven para darte cuenta de que en la vida, se trata sólo de salvarte a tí. Rompiendo el despertador para tratar de sacarle el tiempo, escarbando entre agujas y engranajes para ver cómo se vuelve a atrás. Respiras profundo, estás aquí; y te aseguras de a cada tanto hacerle voces a una marioneta tonta, para que tus personajes de nostalgia permanezcan vivos y felices -en un lugar lejano porque sí- pero viviendo.

Formulando teorías, a veces concluía que todo era parte de un proceso cuyo significado era resguardado celosamente por los muros del subconsciente. Quizás se construía una crisálida con lágrimas y fluoxetina, envuelta en el aroma de saliva pastosa y una sudadera sucia. Esa sensación de desgarro que le desangraba el alma y las crisis que la hacían volcar el contenido de su cuerpo sobre la loza, serían entonces simplemente los síntomas de una transformación mayor.

Sus gélidas manos ennegreciéndose, tratando desenterrar los motivos del olvido. La desesperación por las explicaciones, por la lógica, por “está bien”. La búsqueda infructuosa de alguna prueba de que el mundo en el que vive no es más que una escena onírica, amputándose los brazos con la esperanza de descubrir su edad. Los motivos son hologramas distantes que zumban confusamente.

Quizás trataba de liberarse, consumiendo con sus lágrimas la prisión que la contenía, arrancándose a trozos la carne, desmoronándose, dejando sólo pequeñas porciones efervescentes bajo su llanto.

Quizás trataba de transformarse.

Quizás solamente quería desaparecer.

Insomnio.

Era como vivir sin canciones dentro del vagón de un tren que tarda muchos días en llegar a ningún destino. Iba ignorando el cansancio que pasa a la vida con el peso del cuerpo y la dinámica, imaginando a ratos que había logrado decirle “harías bien en irte, aquí no hay nada”, dejando sobre la mesa sus llaves viejas, observándole en la distancia con el vaivén de su bolso casi vacío.

Hacía tiempo había entendido que es preciso vivir sólo con las palabras necesarias. Insomne, observaba el curso de luz y sombras cuando salía el sol. Se planteaba metáforas sobre la vida, pensando a ratos en su mirada que se opaca, se captura, se incendia. Dejando de ser luz para ser únicamente una ración de oscuridad, que sólo evidencia su existencia con el sonido de sus pisadas. Había olvidado la apetencia. Evitaba pensar en el pasado, porque es como un perro que espera que se le hable para masturbarse en las botas de su pantalón de mezclilla sucia. Olía en su aliento los restos de miseria, y pensaba en la felicidad. El sol sigue un curso de luz y sombras, como las promesas.

Preguntándose contínuamente si sería peligroso escribir sobre su vida, pensando que si sus visiones eran ciertas, perdería la vida demasiado jóven. Resignándose, comprendiendo que su niñez se le escapó como un globo de helio rojo al que le soltó el cordel en un descuido, que la vida no es de confeti, que la niña que huía del vestido amarillo no es la misma que se esconde detrás de sus ojos, y que el amor es a ratos como una partida de ajedrez con el rey a punto de jaque. Extrañando inevitablemente el sonido del sueño cuando entra al cuerpo como una canción esfumándose.

Mirando a su alrededor, todos se han ido de prisa, como los niños felices al escuchar el sonido del timbre por última vez en Julio. El agua toca canciones en su ventana, la lluvia bulliciosa silencia la fauna nocturna, las gargantas, los aviones. Los relámpagos iluminan las azoteas, los truenos resquebrajan el cielo, y se queda ahí, impávida, insomne. Sabe que ésta vez ella, como el agua, suena aunque no traiga nada.

Imaginarme.

Quiero imaginarme una madre que no me juzgue desde lejos, que vea que a su hija también le gustan las tormentas, y que se dé cuenta de que su marido fué capaz de todo, y aún así ella no pudo dejarlo.

Que sepa que estoy perdida y astillada, y que no quiero parecerme a ella. Que asuma la culpa de ésta mierda y después viva en paz. Quiero imaginarme una madre que ame más las olas que las ropas, que sepa apreciar la felicidad en el ronroneo de un gato blanco, y que me hable de libros, de calles de piedra, de sonidos distantes.

Que ame como yo las agujas y el dolor de los tatuajes, y que recordase la tinta entrando en su carne cuando se dibujó una flor. Una madre relajada que me hable desde la penumbra, y que en frases melancólicas me hable más de música que de sus huesos. Que me revele súbitamente si sabe porque me gusta tanto el sonido del piano, y por qué me gusta la lluvia cuando no estoy triste. Quiero una madre que se preocupe más por las guerras, y los esqueletos con pólvora en sus malares, que por los que deambulan diariamente por las pasarelas de Milán. Una madre que conozca el silencio, que sepa de perros, que sonría sin mucho sentido, y que comprenda que la paz es tan sencilla como dormir la siesta, regalarle un helado a un niño, o ver el mundo sobre el lomo de un caballo.

Una madre que no me diga cómo delinearme la boca, y que cante sin cesar. Una madre imaginaria, que no se vaya cuando mis demonios comienzan a dejarme a oscuras.

Delirios.

El chirrido de las voces que dibujan imágenes primales, fálicas, sangrientas. Los escalofríos suben desde el ombligo hasta el pecho, y se clavan en la nuca haciéndole temblar. El tremor oculto tras los cristales, y el espectro de sus manos oprimiéndole la libertad. Silencio, un extraño acompañante, la lleva lentamente a la sobriedad. Las imágenes, sin embargo, se repiten. Encajes finos cubriendo la tempestad, los ojos cerrados, las arcadas, el ácido estomacal. Delirios de grandeza, saliva pastosa, aversión al sexo, disociación de la realidad.

Estupor.

Fútiles esfuerzos por mantener el silencio en la habitación. Gemidos ahogados, lágrimas tibias, sus manos aferrándose al cuerpo, al no tener a dónde ir. Los cuervos negros que ahora son sus ojos, desangrándose sobre su piel.

Dejando caer sus harapos, se revela, famélica y mórbida, enroscándose lánguidamente en las fauces de su predador. Dejándose caer, consumiéndose como el cigarrillo olvidado entre sus dedos, creyendo firmemente que es invisible para el mundo, cuando sólo es invisible para sí. Humedeciendo febrilmente su almohada, balbuceando lentamente palabras sobre el cuerpo, la miseria y la intimidad.

Dedos fríos.

La confianza son fragmentos de escarcha en sus manos. El ardor en su vientre no es más que las ganas de desgarrarse y volcar en su piel las imágenes que se colaron a través del aleteo de sus pestañas, cuando escuchó a lo lejos que “menos es más”. Su boca invadida por el sabor a miedo ajeno que adquieren las palabras, y sus ojos atentos, en la cacería silenciosa de gestos que develan que ya nada será igual. Epifanías contínuas convertidas en fotografías lejanas, y esa obsesión por tragarse la vida alrededor de los huesos roídos por la soledad. Complejos de superioridad que taponean complejos de inferioridad que taponean complejos de superioridad en un bucle sin fin. Retroalimentación positiva, uno de esos conceptos que le vienen a la mente de vez en cuando, como imágenes vistas desde la ventanilla de un tren.Y en su desesperación desaparece a trozos. Sin rostro, sin cuerpo, sin corazón. Sólo quedan sus dedos fríos.

Sus dedos fríos dibujando escenas con palabras, sus dedos fríos flagelándole la vida, sus dedos fríos ensuciándose de hollín.